Hay pocos espectáculos en la vida más sobrecogedores que ver cómo se encienden las luces del parque González Hontoria la noche del alumbrado o presenciar una aurora boreal sobre el monumento a la Paquera cuando sale la Yedra, pero ninguno se compara con la experiencia mística, traumatizante y completamente innecesaria de ver a tu padre pasearse por casa… en calzoncillos y armado. Y cuando digo armado me refiero a llevar una escopeta de sal o una raqueta electrificada de las que se utilizam para matar moscas o mosquitos.
El macho patriarcal -que con la raqueta es como un ’maquenrou’ venido a menos- decide que la ropa es una dictadura textil contra la que hay que rebelarse y, de repente, el salón familiar se convierte en una pasarela del horror doméstico y ahí está papá desfilando con su barriguita orgullosa, mitad cerveza mitad palo cortao, luciendo unos calzoncillos tan flojos que ya no sujetan, sino que negocian con la gravedad.
Esos calzoncillos, casi reliquias de tiempos mejores cuando aguantabas dos asaltos, ondean como banderas blancas en señal de rendición ante el paso de los años. Y ahí vamos caminando… o más bien casi arrastrándonos , con la jibia del calor y los crujidos de huesos, rascándonos la panza con una mano y en la otra la raqueta eléctrica persiguiendo un revés de 9 voltios que acabe contra el chupador de sangre o la mosca cojonera.
Y con esas hechuras de casi un Buda suburbano, deambulas en procesión, como entrando en carrera oficial en calzoncillos y chanclas.
El problema no es solo estético. Es espiritual. El alma del adolescente tiembla si ha invitado a algún amigo a casa o peor a una novia y aparece la figura paterna con esa mezcla de desidia textil y dignidad vencida. Los hijos intentan mirar hacia otro lado, pero la visión ya está grabada a fuego en sus retinas. Freud, de haberlo sabido, habría abandonado el psicoanálisis y fundado una tienda de pijamas de cuello alto.
Pero, claro, hay que entenderlo: papá no busca ofender. Él es un mártir del termómetro, un guerrero del bochorno armado, un superviviente del calor en calzoncillos aireados.
Así que, si este verano ves a tu padre en semejante estado, no lo juzgues. No nos critiques. Limítate a desviar la mirada, subir el aire acondicionado… y rezar para que al menos no nos sentemos en tu cojín favorito o agachemos a recoger cualquier cosa del suelo.
